Así se hizo. Celesto estaba un poco avergonzado.
—Por supuesto, D. Andrés, que todos estos líos concluirán el día que tome las órdenes mayores—dijo después de caminar un rato en silencio.
—Tiene usted razón—repuso Andrés sonriendo irónicamente,—ese día... sanseacabó.
—Justamente... sanseacabó.
Bajaron con todo sosiego al valle por un camino estrecho, trazado en zig-zag. La casa rectoral era la primera del pueblo, alejada buen trecho de las otras. Delante de ella se detuvieron. Era de un solo piso, vetusta; gran corredor de madera ya carcomida, cubierto casi todo él por una vigorosa parra, que lo aprisionaba por debajo con sus mil brazos secos y le servía de hermosa guirnalda por arriba; el vasto alero del tejado poblado de nidos de golondrinas; la puerta de la calle negra por el uso y partida al medio como las de toda aquella comarca; por entrambos lados huerta, cuyos árboles frutales aventajaban con mucho la altura de la pared.
—¡Hola, señor cura!... ¡Doña Rita, doña Rita!... ¡Vamos, despáchense ustedes, carambita, que traigo forasteros!—principió a gritar Celesto, aplicando al propio tiempo rudos golpes a la parte inferior de la puerta, que era la que estaba cerrada.
Casi al mismo tiempo aparecían en el corredor y en la puerta respectivamente el cura de Riofrío y su ama.
—¿Quién es?—preguntaron el cura desde arriba y el ama desde abajo.
—¡Casi nadie!... Su sobrino en persona, señor cura—contestó Celesto.
—¡Cáscaras! Me alegro... No pensé yo que sería tan puntual. Allá voy, allá voy ahora mismo...