—Santos y buenos los tenga usted.
El rosario terminó en seguida. D. Fermín entró en la sacristía tan altanero y furibundo como el conquistador que pone el pie en una ciudad capitulada; entró diciendo con increíble arrogancia y crueldad:
—Esta noche ha helado como en Diciembre; me parece que no vamos a tener fruta este año.
Los circunstantes asintieron; no les quedaba otro recurso. Sin embargo, el escribano se atrevió a apuntar humildemente que no se perdería más que la fruta temprana; la que viene tarde aún podía lograrse.
—¿Cree usted?—dijo el cura clavándole sus ojos preñados de amenazas.
—Sí, señor—repuso el escribano con gran presencia de ánimo.
Contra lo que pudiera presumirse, don Fermín no cayó como un rayo sobre él. Sacó un inmenso pañuelo de yerbas para sonarse y replicó:
—No sé qué le diga a usted, D. Félix; ahora está toda la savia arriba y apenas ha caído flor...
—¡Eso qué importa!... Los perales tienen la corteza dura, y los castaños y los nogales lo mismo—dijo el escribano con creciente osadía.
La misma aterradora mirada por parte del cura.