—¡Eso quisiera yo!... Pues mira, me lo he encontrado ayer y le he sacado del cuerpo que te quería. Aconsejele que te lo dijese cuanto más antes y, sobre todo, que hablase a tu padre... Ha quedado en ello.
Rosa, al observar el tono serio en que hablaba, le miró sorprendida. Después, viendo señales de burla en su rostro, hizo una mueca desdeñosa y guardó silencio. A nuestro joven le pareció tan linda en aquel momento, sin saber por qué, que, después de contemplarla extasiado un rato y sentir cierto cosquilleo tentador por el cuerpo, se arrojó a decir en tono de burla, pero con voz temblorosa:
—Tú no quieres a nadie más que a mí, ¿verdad, Rosa?
—¡Ya lo creo!... Lo mismo que usted a mí.
—¿De veras?
—¡Vaya!
El tono de la joven era irónico. Andrés lo advertía con disgusto, porque deseaba tomase sus palabras en serio.
—Yo te quiero mucho, Rosa; más de lo que tú piensas...
—Y ¿para qué me quiere usted?—preguntó volviendo hacia él su rostro y mirándole fijamente.
Andrés quedó un instante suspenso.