—¿Pero no le digo a usted, hombre de Dios, que no tengo con Rosa más relaciones que las de pura amistad?—dijo Andrés bastante picado.
—No se incomode, señor, no se incomode... Ustedes los jóvenes de la corte son aficionados a divertirse cuando se les presenta ocasión. Nada tiene de particular que juegue y se divierta un poquito con Rosita...
—Yo no me divierto ni juego con Rosa: la trato como a una niña muy decente, hija de una familia a quien estimo... Para jugar y divertirme en el sentido que usted parece indicar, busco otra clase de mujeres.
—¡Vamos, señor—replicó el indiano con acento insinuante y meloso,—que ya se le escapará de vez en cuando un abracico... y algo más!
—Señor D. Jaime, me está usted ofendiendo. Repito a usted que no se me ha pasado por la imaginación nada semejante a eso... Y me sorprende que usted haga a su sobrina también la ofensa de creer que pueda sufrirlo...
—Es una broma, señor, no se ofenda... Como no teníamos de qué platicar, se me ocurrieron estas niñerías por pasar el rato. Ya sé yo que usted es incapaz... y que Rosita, aunque un poco viva de genio, está bien educada por su padre...
—Me alegro de que usted no piense tales disparates... y si los piensa, peor para usted que se equivoca.
El indiano pidió perdón de nuevo. Andrés disertó otro poco contra la chismografía del pueblo; y en estos dimes y diretes dieron sobre él, con lo cual nuestro joven cortó repentinamente y muy a su placer la conversación.
—Vaya, D. Jaime, yo sigo a la rectoral; hasta la vista.
—Vaya con Dios, señor; páselo bien.