—¿Es verdad que te mata a golpes, di?—profirió de nuevo, viendo que no le contestaba.
—Algunos me da... ¿Pero por qué se apura tanto D. Andrés?
—Porque es una infamia que te pegue por ese gaznápiro asqueroso...
Aquí, se desató en improperios contra D. Jaime. Dijo que le iba a romper la cabeza: que él era quien inducía a su hermano para que la maltratara; que buena boda iba a hacer si se casaba con aquel avaro que la mataría de hambre: que más le valía casarse con un aldeano y cuidar cabras en el monte, etc., etc.; un montón de razones proferidas con extraordinaria violencia. Contra Tomás no se atrevió a revolverse por no herir los sentimientos de Rosa, aunque buenas ganas se le pasaron de hacerlo.
Ésta le escuchaba con el asombro pintado en los ojos. Allá, a lo último, soltó la carcajada.
—¿Qué mala yerba pisó hoy D. Andrés, que tan furioso viene?
—Ninguna; lo que hay es que me irrita que te hagan daño... ¡y más por ese tío viejo!
—Pues no se apure tanto... A mí no se me hacen novedad los golpes... Además, es mi padre y puede pegarme cuanto quiera.
Andrés calló un instante; después apuntó tímidamente:
—Tanto te puede maltratar, que al fin no tengas más remedio que hacer lo que él te manda.