—Tosa usted... así... no tan fuerte... Ahora respire usted con fuerza y acompasadamente.

Hubo un largo silencio.

—Vuélvase usted un poquito... así... Tosa usted otra vez... Basta... Respire usted con fuerza...

Nuevo silencio, durante el cual el enfermo comenzó a acariciar una idea horrible.

—Ahora hable usted.

—¿De qué quiere usted que hable?

—Recite versos, ya que es usted literato.

—Bueno, recitaré los que más me convienen en este momento—repuso el joven sonriendo con amargura. Y empezó a decir en voz alta la admirable poesía de Andrés Chenier, titulada Le Jeune malade.

Cuando hubo recitado algunos versos, el médico le interrumpió:

—Basta... Siga usted respirando tranquilamente.