—Si piensas que no me marcho puedes preguntárselo al criado de mi tío, que bajó hoy el caballo del monte...
Y como viese que vacilaba sacó del bolsillo una moneda de plata y se la puso en la mano.
—¿Qué quiere que le diga a Rosa?
—Que cuando oiga silbar esta noche en la calle, baje a la cocina y me abra la puerta.
—¿Pero no ve que duerme Ángela con ella?
—Ya lo sé... puede salir del cuarto cuando todos estén durmiendo, sin hacer ruido... Ángela tiene el sueño pesado...
—Bien; yo se lo diré... y luego ella que haga lo que le parezca.
—Eso es: muchas gracias, Rafael.
El chico se alejó sin contestar.
Andrés entró en la rectoral, dio la última mano a su equipaje, fue a la cuadra a ver cómo había bajado el caballo, y cuando llegó la hora se puso a cenar con su tío. Mientras duró la cena hablaron poco. Andrés estaba preocupado e impaciente; su tío mostrábase triste, y viendo que el sobrino lo estaba también, callaba, agradeciéndole esta tristeza, que creía originada por la marcha. Poco después ambos se retiraron a sus cuartos. El cura le dijo: