—¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda!

Se hallaba tan distraída que no advirtió que el conde se había sentado a su lado. Involuntariamente se llevó la mano al sitio del corazón. Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo:

—¿Te parece?

—Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad?

Hizo un esfuerzo y le miró a la cara con fijeza.

—No; algunas canas en la barba... y el aspecto un poco fatigado.

El temblor de su voz contrastaba con la aparente indiferencia que quiso dar a sus palabras.

El conde se puso repentinamente serio, llevose la mano a la frente y replicó al cabo de unos momentos con acento sombrío y como si se hablase a sí mismo:

—Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... ¡Muy fatigado!... La fatiga me sale por los poros.

Guardaron ambos silencio. El conde quedó entregado a una intensa meditación que trazó en su frente arruga profunda. Al cabo dijo, entablando nuevamente conversación: