El barón dio un traspié y cayó.

—Alza, tío Diego.

El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos por el suelo.

—¡Alza, tío Diego!

—¡Alza, tío Francisco!

Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma, iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su amigo.

—Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué?

—Te lo explicaré enseguida, hombre—repuso el barón con calma;—pero antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.

El capellán no puso obstáculo.

—Pues te he llamado cazuela—prosiguió chasqueando la lengua—porque una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas guisadas.