—Soy el barón de los Oscos.
La dama hizo una inclinación de cabeza.
—Paula—dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,—llévate esa chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul.
Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.
—Señora—comenzó el barón,—he hallado a esa niña en la carretera de Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer...
—Puede usted creerlo, porque es exacto—dijo Amalia interrumpiéndole.
El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió:
—Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en el alma...
Amalia volvió a interrumpirle:
—Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente.