Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la conducta de su señora.
—Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!
—Cállate, tontona, entrometida—saltó Concha.—¿Quién te da vela a ti en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo, ¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.
—¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta parte la niña está desconocida.
—Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?
Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo, María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus murmuraciones. Disimuló, sin embargo.
—Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas, tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.
María vaciló un instante.
—Ya ve usted, señora... los niños son niños.
La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.