Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza.

Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración. Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.

—Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz—dijo la dama haciendo esfuerzos por sonreír.—Habrá que darte suelta.

Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se habían anquilosado.

—¡Arriba zancas!—dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.

Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por sus ojos.

—No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela?

Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa melosa que contraía el semblante de la valenciana.

—Bueno—prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,—ya estás perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso a Concha.

La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia reanudó la conversación de trapos.