—¿Qué tal la carne?
—Rica, ¡rica de verdad!
—Lo peor es que te va a quitar el apetito para la hora de comer.
Retembló la estancia con la risotada del gañán.
—¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la gana! Vas a tener que meterme un hierro caliente en el agua como a la señora.
—Por la panza te lo había de meter, gran puerco.
—Mira, Concha, no me busques las cosquillas, porque aunque eres una mocita de sandunga y tienes los ojos muy picarones, y la boca como una cereza, un día te encuentras, sin saber por dónde vino, con un revés que te arrancará de cuajo esa carrerita de perlas que me estás enseñando.
—¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno estás ya para reveses! ¡Si no puedes con los calzones! ¡Si estás descuajaringado!
—Eso no lo dices tú con el corazón; por eso se te estima. Bien sabes que hay aquí dentro mucha entraña todavía (y se daba rudos puñetazos en el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal!
—¡Como si me cogieras en la plaza del mercado! Na. Ya no tienes más que quijadas y palique.