Tornose silencioso y meditabundo. La mirada dura de sus ojos hundidos se posaba con insistencia en Amalia siempre que ésta entraba en su habitación. En diferentes ocasiones se hizo traer la niña con cualquier pretexto y la contempló largamente, tratando de descifrar en los rasgos de su fisonomía el enigma de su existencia. Amalia observaba todo esto, y leía tan perfectamente en el cerebro de su esposo como en un libro abierto.
—¿Cuándo se casa Luis?—le preguntó un día en tono afectadamente distraído el maestrante.
—Dicen que aún tardará algún tiempo. Necesita arreglar no sé qué asuntos antes de irse a Madrid—respondió con la mayor tranquilidad.
—¿Continúa en la Granja?
—Siempre. No viene más que alguna que otra vez por la tarde, según me ha dicho un día que le hallé en la tienda de Barrosa.
Justamente a la noche siguiente apareció en la tertulia el conde.
—¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya de la Granja?—le preguntó D. Pedro, clavándole una mirada penetrante.
—Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, y me vuelvo a dormir.
—Se aburre usted allí, ¿verdad?—le preguntó D. Cristóbal Mateo.
—Por el día no. Estoy muy entretenido con los trabajos del campo, el molino, los bichos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan largas!...