—Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué traje te hemos cortado, chico!
—Aquí Manuel Antonio—profirió Amalia—decía que era usted el perro del hortelano.
—No; tú eras quien lo decías.
Otra de las particularidades de aquél era el tutear a todo el mundo, grandes y chicos, señoras y caballeros.
—¡Yo!—exclamó la dama.
—¿Y por qué soy el perro del hortelano?... Sepamos.
—Pues decía Amalia que ni querías comerte la carne ni permitir que la coma D. Santos.
—¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero?—dijo la señora, medio irritada, medio risueña, dándole un pellizco.
—¿Qué se habla de D. Santos?—preguntó un caballero muy corto y muy ancho, de faz mofletuda y violácea, acercándose al grupo.
El conde y Amalia no supieron qué responder.