—Mira, condecito, ahora debes ir tú a sentarte a su lado. Ya verás cómo no se levanta entonces—dijo Manuel Antonio.
—Sí, sí, debe usted ir, Luis—apoyó María Josefa.—Vamos a ver una cosa curiosa, a decidir si está o no enamorada de usted. ¿Verdad, Amalia, que debe ir?
—Sí, me parece que debe usted sentarse a su lado—dijo la dama. Su voz salió apagada y temblorosa.
—¿Cree usted?—preguntó el conde, mirándola con fijeza.
—Sí; vaya usted—replicó la dama con perfecta serenidad ya, huyendo su mirada.
—Pues usted me permitirá que la desobedezca. No quiero exponerme a un desaire.
—¡Qué importan los desaires a un enamorado!... Porque usted, por más que diga, está enamorado de Fernanda... Se le conoce a la legua.
—A la legua será, porque, lo que es de cerca ni pizca—manifestó Manuel Antonio.
Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gómez confirmaron con su risa la especie.
Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disimulaba bien; pero como, por más esfuerzos que se hagan, siempre queda un cabo suelto, un resquicio por donde sale la luz, ella había adivinado hacía ya mucho tiempo que el conde, en lo profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy grato de Fernanda.