Y otra vez el resonante grupo se lanzó al patio y a la escalera de la mansión de los Quiñones llevando en triunfo el canastillo misterioso.
Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y pálida cuando se abrieron de nuevo las puertas. D. Pedro había sido trasladado ya a su alcoba por Manín y otro criado. Aquella nueva y repentina irrupción pareció sorprender mucho a la señora de la casa.
—¿Qué ocurre? ¿qué es esto?—exclamó con voz alterada.
—¡Un niño! ¡un niño!—gritaron varios a un tiempo.
—Acabamos de encontrarlo en el portal—manifestó Manuel Antonio, que ya se había apoderado del canasto, presentándolo.
—¿Quién lo ha dejado ahí?
—No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, por Dios, qué hermoso, es Amalia!
La señora le contempló un instante con marcada frialdad y dijo:
—Acaso alguna pobre lo habrá dejado para recogerlo enseguida.
—No, no; hemos registrado el portal. La calle está desierta...