—¿Es el cuarto de su mamá?—preguntó Amalia.
—No—replicó el conde riendo,—mamá dormía en otro lado. Se llama así desde tiempo inmemorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había elegido para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por el campo.
En uno de los ángulos había una soberbia cama de roble tallado y enteramente negro por los años. Era una de esas camas del siglo XV que vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísimas también. Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco.
—Aquí es donde usted se recoge para pensar más libremente en mí, ¿no es cierto?
El conde quedó aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza.
—¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?
Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, exclamó:
—¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí pienso en usted como pienso en todos los sitios adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me decía hace pocos días, es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen, pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.
Y el caballero se dejó caer de rodillas, como uno de sus nobles antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama.
Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? ¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿No comprendía que dirigirle aquellas palabras dentro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer que ella las había de escuchar con paciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, un caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que debía a una dama y a lo que se debía a sí mismo!