Y por un rato el zagalillo tenía el placer de escuchar el panegírico de su adorada.

—Espero que me protegerás.

—Todo lo que tú quieras, mi alma.

Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no había puesto los pies en su vida en casa de las de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asidua. ¿Cómo se habían arreglado aquéllas para atraérsela? No es fácil averiguarlo, pero tantas veces habían llevado a término ya empresas análogas, que de seguro poseían una receta simple y segura.

Encariñábanse con sus amigos como si fuesen próximos deudos todos. Contábanse de ellas rasgos de abnegación que las honraba extremadamente. Durante la furiosa reacción del año 1823, uno de sus tertulios, teniente de caballería, se refugió, después de cierta intentona abortada, en su casa. Las señoritas le recibieron y le ocultaron algunos días, y al cabo lograron que se evadiese disfrazado con el traje de un criado. Pero teniendo noticia de que iba la policía a registrarles la casa, pensaron con terror en el uniforme del teniente. ¿Dónde guardarlo que no diesen con él? Carmelita, en aquellos instantes críticos, tuvo un rasgo de ingenio y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus ropas de mujer. Por cierto que este teniente se portó con ellas con bastante ingratitud. No tuvo en su vida diez minutos para escribirles una carta dándoles las gracias.

No fue la única que hubieron de sufrir por parte de sus tertulios. Acostumbraban éstos aprovecharse de su amabilidad cuanto podían; recreábanse en su casa, gozaban de la compañía y conversación de las jóvenes más bellas de Lancia, concertaban algunos su matrimonio, y luego que lo realizaban, o porque sus negocios o su edad les impedían asistir a la tertulia, si te vi, no me acuerdo; apenas las saludaban en la calle. Lo mismo puede decirse de las mamas, tan rendidas y aduladoras antes de casar a sus hijas, y tan despegadas así que lo conseguían. Pero tales flaquezas no alteraban el buen humor de aquellas benditas ni destruían su optimismo. Como se estaban renovando sin cesar los asistentes a su casa, olvidaban la ingratitud de los antiguos para pensar tan sólo en el aprecio que les tributaban los nuevos. Además, en sus corazones no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las bromas no las ofendían. ¡Y cuidado que algunas eran bien pesadas! La que les dio Paco Gómez en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con regocijo en Lancia.

No todas las noches de invierno iban damas a la tertulia. Generalmente asistían los sábados y los miércoles. Pero había un grupo de muchachos que casi nunca dejaban de hacerles un rato de compañía a primera hora, aunque después se marchasen a otras casas. Uno de ellos era Paco Gómez. En estas noches de soledad se formaba generalmente un partido de brisca. Paco iba de compañero con Nuncita y el capitán Núñez, o Jaime Moro, o cualquier otro muchacho con Carmelita. Paco una noche se dolió de que las señas que se hacían durante el juego fuesen tan vulgares y conocidas: era imposible hacerlas pasar inadvertidas para los contrarios. Entonces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. Él enseñaría unas a Nuncita, y el contrario otras a Carmelita. Las nuevas señas fueron todas ademanes obscenos, de esos que no se ven más que en las tabernas y lupanares. Aquellas inocentes mujeres las aceptaron sin saber lo que hacían y se sirvieron de ellas con la mayor desenvoltura. Así que pasaron algunos días, y estaban perfectamente avezadas a usarlas, Paco invitó una noche a muchos de los tertulios a presenciar el juego. Resultó una escena de cómico subido. Cada vez que cualquiera de las dos señoritas hacía una seña, había una explosión de alegría. Pues bien, apesar de lo brutal y desvergonzado de la broma, las bondadosas señoritas, en vez de ponerle de patas en la calle y cerrarle la puerta para siempre, se contentaron al saberlo con hacerse cruces de sorpresa y reírse como los demás.

—¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo diría! ¡Tantos pecados como hemos cometido sin saberlo!

—Pues yo no los confieso—exclamó Nuncita con resolución.

—Los confesarás, Niña—expresó gravemente la primera.