Ellas fueron también las que impidieron con ruido atronador que Saleta pudiese afirmar, como afirmó después que se vieron lejos, que estando a orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido la suerte de matar de una pedrada un cocodrilo. Verdad que bajo la mirada insistente de su colega Valero se apresuró a rectificar haciendo constar que el cocodrilo era todavía cachorro y no tenía más que una carrera de dientes.

Siguieron buen trecho la margen sombría del Lora y lo atravesaron por un puente rústico en el sitio donde el conde lo había desangrado, por medio de una acequia, para dar movimiento a su molino. Mas en aquel punto, a los amigos del novio, representantes genuinos del elemento más vigoroso y masculino del batallón, se les despierta repentinamente el sentimiento de su fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un teniente salta la acequia. Un capitán, por no ser menos que el subalterno, también lo hace, pero se moja los pies. Excitado el amor propio, se despoja de la levita y vuelve a saltar con felicidad. Los demás le imitan. Al instante toma aquello el aspecto de los juegos olímpicos y todavía más de la gran batuda americana. Pero Núñez es un eminente saltarín. Así estaba de antiguo reconocido en todo el ejército y más particularmente en el arma de infantería. Saltó tres o cuatro veces con gran facilidad; mas, queriendo, como es lógico, sobreponerse a sus compañeros y dar prueba gallarda de su destreza, afirma en tono desdeñoso que «aquello no vale nada» y que él es capaz de saltar la acequia volviéndose de espalda. Estas palabras fueron acogidas con respeto por sus colegas, pero también con un silencio que al capitán se le antojó dubitativo. Y sin aguardar más resuelve confundirlos. No se despoja de una sola prenda del uniforme, que esto queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar al borde del agua se vuelve y da el salto, pero con tan mala fortuna que los pies se le enredan en unos juncos y cae de espaldas tan largo como era enmedio del arroyo. Se oculta a las miradas de sus amigos por un momento, y sale al fin bufando y chapoteando como un verdadero tritón, diciendo que no es nada y que va a saltar otra vez para que se vea. Pero su padre político no lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo para cerciorarse de que está calado (¡cómo había de estar!) y, presa de insana agitación, él, que hacía poco tiempo hubiera exterminado en pleno a toda la milicia, comienza a gritar:

—¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... ¡Una pulmonía!... ¡Mudarse!... ¡Fricciones!... ¡Una fiebre reumática!

Y otras exclamaciones más o menos coherentes, que daban testimonio del profundo interés que la salud del oficial le inspiraba.

Núñez, aunque guerrero, cede a sus instancias y vuelve hacia la casa con semblante fiero y ceñudo, enteramente resuelto a quitarse hasta los calcetines y a meterse en la cama mientras se manda propio a Lancia por una muda. Todos sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa. Emilita, que está al balcón, al verlos de aquella guisa, pregunta con sorpresa:

—¿Qué es eso?

—Nada—le grita su papá,—que Núñez se ha caído a la acequia.

Naturalmente al oír esto Emilita lanza un grito desgarrador y cae desmayada en brazos de varias damas. Núñez, hecho un héroe, despreciando su propia salud, corre a socorrerla. En pocos momentos se llena la habitación de vasos de agua y salen a relucir también dos o tres frascos de antiespasmódico. Cuando empieza a recobrar el conocimiento y llega el momento crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no puede contenerse; increpa violentamente a su papá.

—¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se ha figurado usted que su hija tiene el corazón de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita para herir de este modo a una pobre criatura!...

La pobre criatura le paga aquella defensa con una mirada cariñosa de sus ojos húmedos, apretándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se encuentra en el último grado del abatimiento y apenas se atreve a murmurar «que viendo a Núñez vivo a su lado no había razón para tanto susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha estado irrespetuosa con su padre, pero al mismo tiempo no pueden menos de convenir en que aquello ha sido un escopetazo, y manifiestan a la desgraciada esposa una ardiente simpatía.