Después pensó:

—¿Qué se dirán?

Acometiole un deseo vivo de escuchar su plática, y sin reflexionar sobre el peligro que corría, fuese acercando poco a poco al seto, doblando el cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más sombrío y seguro, y escuchó. Sólo se les oía cuando cruzaban cerca. En cuanto se alejaban unos cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No pudo recoger más que retazos de conversación, que resultaban incoherentes.

—Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras cómo va engordando! Ni con polvos de almidón ni con los de rosa se consigue suavizar la irritación de la piel—decía la dama.

—Hablan de la niña—pensó Fernanda.

—No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto daría por asistir a él un día!

—Es porque no quieres.

—No, no quiero, exponiéndote a tí a un peligro y a que concluya de ese modo...

No oyó más. Tuvo que aguardar a que llegasen al final de la calle y diesen la vuelta.

—Di que has estado en casa de esas viejas chochas y no mientas—oyó decir a Amalia, al acercarse de nuevo.