La ocurrencia se celebró mucho y esto volvió el humor a aquel dañino animal. Supo contestar tan bien a la vaya que le daban sus amiguitas, que aquella tarde ganó fama imperecedera de cazurro y de pícaro.
Moro se sentó al lado del conde, y mientras comían no cesó de inculcar en su alma la ventaja de traer al palacio de Granja una mesa de billar. Conocía todas las fábricas, pero la mejor sin disputa era la de Tutau, de Barcelona. Elogió el artículo como si fuese, un viajante de la casa. A Luis se le conocía en la cara el hastío y el pesar de no hallarse sentado al lado de Amalia. Pero Emilita no se atrevió a colocarlo en esta forma, ni tampoco junto a Fernanda. Lo primero sería un escándalo. Lo segundo, una molestia para ambos.
Se comió como en un banquete de la Iliada. Pero el Aquiles de esta formidable pelea fue Manín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que estaban a su lado, se comió once calabacines rellenos. Verdaderamente Manín era digno de ser llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al señor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló y se gritó como en una plazuela. Las tres hadas del Jubilado, que tanto habían ganado desde que Fray Diego echó la bendición a su hermana en inocencia y gracia infantil, tiraban bolitas de pan a los oficiales. Éstos echaban miradas a la novia, haciendo después guiños a su compañero Núñez, y murmuraban palabras espantosas que les hacían prorrumpir en carcajadas más espantosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Josefa. No se sabe cuál de los dos era peor intencionado, de quién partían las flechas más agudas y envenenadas. Saleta, que tenía a su compañero y censor D. Enrique Valero lejos, se despachaba a su gusto, contando a D. Juan Estrada-Rosa y a otros dos caballeros cómo se había arreglado para seducir a cierta inglesa, esposa de un cónsul que había conocido en Oncón, yendo desterrado a Filipinas. El barco no se detenía allí más que veinticuatro horas. En este breve espacio la enamoró y logró que se escapase con él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, porque aquel lance fue objeto de una reclamación diplomática por parte de la Gran Bretaña. Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva simpatía por un alférez rubio que tenía a su lado, le abrumaba a cuidados y delicadas atenciones.
—Federico... una aceitunita... No tome tanta mostaza, criatura, que le puede hacer daño. Resérvese para las perdices. Me consta que están riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me encargo de traerlo...
Y se levantaba solícito, daba la vuelta a la mesa y traía un par de botellas que colocaba delante del mancebo.
—Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. Cuando vino usted hace seis meses era usted delgadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de joven, tan guapo y tan simpático! Porque creía que se iba usted a dañar del pecho. Se conoce que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... ¿No? Pues mire usted, cualquiera lo pensaría. Me acuerdo que cuando usted llegó traía una gabardina de color de ala de mosca muy bien hecha y chalina azul celeste muy linda... Reconozco que le sienta a usted bien el traje de paisano, pero a mí me gusta usted más de uniforme. Será un capricho, pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, que de uniforme y con esos bigotes a la borgoñona está usted del todo simpático!
Algunas toses significativas de los oficiales, que se sentaban enfrente, le paralizaron de pronto. Pero no se corrió ni mucho menos. Era incapaz de avergonzarse por nada. El que quedó amoscado y se puso muy serio y ceñudo fue el alférez.
Cuando el banquete daba a su fin, algunos caballeros, favorecidos de las musas, se levantaron a brindar en verso o cosa parecida. Y los que no lo hicieron en verso felicitaron en prosa a los desposados, resultando que lo mismo unos que otros coincidieron en desearles «una eterna luna de miel.» Y lo mismo el periódico local que al día siguiente dio la noticia. De todos aquellos brindis el más original e interesante fue el del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. ¿No había de ser original oír a este sañudo enemigo de la fuerza armada cantar sus glorias y declararse partidario frenético del aumento del contingente y del sueldo a los oficiales? A las pocas palabras que pronunció se mostró tan enternecido, que algunas lágrimas rodaron precipitadamente por sus mejillas. No faltó quien dijo que lloraba el vino que había bebido; pero estamos lejos de dar crédito a esta insinuación malévola, primeramente porque es un absurdo que se llore vino, y después porque su acento era tan sincero, su ademán tan patético, que nadie podía dudar de que sus palabras salían del fondo del corazón.
—...Es un consuelo, sí, es un consuelo que Dios me haya dejado ver a mi hija casada con un pundonoroso militar... Bien que decir militar en España es decir pundonoroso... Porque el ejército es la escuela del honor, como dijo cierto filósofo... Levantar el ejército, honrar el ejército, es levantar, es honrar el honor de la nación... Levantar el ejército es levantar el poderío y la prosperidad del país... Levantar el ejército es colocarnos al nivel de las naciones más grandes de Europa... Levantar el ejército es vivir respetados por todo el mundo... Levantar el ejército es levantarnos nosotros mismos... Levantar el ejército...
—Que se levante el ejército, pero que se siente don Cristóbal—gritó uno.