—¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso!

—¿Dónde?—pregunta aquél sin inmutarse.

—En el bosque.

—¿Quién lo ha traído?

Ante esta pregunta extravagante quedan las cuatro estupefactas y suspensas. Una de ellas se atrevió al fin a apuntar tímidamente:

—Ha venido él solo.

—¡Bah, bah, bah!—exclamó rudamente el mayordomo.

Y vuelve a las tajadas de pan con más ardor que antes, dando quizá con esto la razón a los envidiosos de la aldea, que no querían oír hablar de los osos que había matado y se emperraban en llamarle zampatortas.

—Vamos, niña, di cómo lo has visto—manifiesta la simpática Consuelo, que venía en la diputación.

Una, que estaba más pálida que las otras, avanzó y exclamó con trabajo: