—¿Y qué siente usted, vamos a ver; qué siente usted? Explíquese.
—¿Yo?... ¿Cómo?—exclamó sorprendido.
—Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué siente cuando otro hombre se acerca a mí, el conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este momento en que va oprimiendo mi brazo? Descríbame usted sus sensaciones, lo que le pasa por dentro...
—Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo tanta ley como si fuese de la familia... Y a don Juan, su padre, aunque sea un poco cascarrabias, lo mismo... Que sea cascarrabias o no, ¿a mí qué me importa?... Si me casara con usted, tengo casa, gracias a Dios... Y no es porque yo lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso bien lo sabe usted... Pero antes nos iríamos a viajear por Francia, por Italia, por Ingalaterra, por donde usted quisiera... Y si echábamos abajo cinco mil duros, ¡que los echáramos!
Granate siguió desbarrando un buen rato en esta forma. Fernanda no le oía. Al fin le enfadó aquel ruido molesto y dijo con acento colérico:
—¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta de estupideces está usted ahí soltando?
El pobre D. Santos quedó anonadado. Pasearon en silencio algún tiempo.
—¡Qué feo es todo esto!—exclamó al cabo la joven.
—¿Cuálo?
—¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el jardín... Mire usted qué horrible es esta magnolia.