—¡Pronto! ¡A buscar el médico!—gritó el pobre padre.

Fernanda hizo un gesto negativo y articuló débilmente:

—No, que llamen al penitenciario.

No hizo caso. Vino el médico y, después de examinarla detenidamente, llamó a D. Juan aparte y le dijo:

—Su hija de usted ha tomado una cantidad extraordinaria de láudano.

—¿Para qué?—preguntó sin comprender.

—Pues... para lo que se toman siempre esas cantidades... para envenenarse.

—¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho?—gritó el desgraciado; y quiso lanzarse de nuevo a la habitación de la joven. El médico le detuvo.

—No corre peligro alguno. Ha devuelto todo el veneno, y con el medicamento que voy a recetar quedará completamente tranquila. Lo que importa ahora es que no repita.

—¡Oh, no! Yo me encargo.