Miguel Rivera se había ido. En su lugar estaba Godofredo Llot. Éste era un joven, casi un adolescente, de rostro afeminado, cabellos rubios, tez nacarada, ojos azules y agradable presencia.
Adolfo Moreno le acogió con sonrisa irónica.
—¿Has estado hoy en Nuestra Señora de Loreto, Godofredo? Acabo de leer en La Correspondencia que se han celebrado esta tarde solemnes vísperas.
—No, no he estado—replicó el chico con visible malestar, poniendo los ojos serios y distraídos para atajar, si era posible, las bromas insulsas con que Moreno solía regalarle.
—Pues, hombre, me sorprende muchísimo, porque unas vísperas me parece a mí que no son para desperdiciar... sobre todo solemnes. ¡Anda, que cuándo te verás en otra!
—Pues en seguida—replicó Llot malhumorado.—A cada momento las hay.
—¡Hombre, me dejas sorprendido! ¿Y a beneficio de quién eran éstas?
—¡Cómo a beneficio?...
—Sí; ¿a beneficio de qué cura se daba la función esta tarde?
Godofredo hizo un gesto de resignación y no contestó.