—Que me permita usted besar su mano.
La prendera quedó suspensa; vaciló un momento, pero viendo aquel rostro infantil cubierto de rubor, viendo sus ojos azules y límpidos como los de un querubín resplandecientes de gratitud, le entregó la mano sonriendo de la humildad y la inocencia de aquel niño.
—¡Qué cordero de Dios!—murmuró la buena mujer mientras sentía su mano mojada por las lágrimas de Godofredo.
Quiso éste acompañarla hasta su casa: la prendera no lo consintió.
Pero cuando se estaban despidiendo cruzó como un huracán a su lado don Laureano Romadonga.
—¿Qué le pasa a ese hombre?—preguntó la seña Rafaela.
—No sé; va muy pálido.
—Nunca le he visto de ese modo.
La señá Rafaela se apresuró a despedirse de su protegido e hizo ademán de irse hacia su casa; pero en cuanto vio a Godofredo lejos, dio la vuelta hacia el café del Siglo, porque la picaba mucho la curiosidad.
Romadonga entró efectivamente en el café del Siglo en tal estado de alteración que sorprendió a sus amigos. Sentose, o por mejor decir dejose caer sobre una silla, pidió un vaso de agua con azahar al mozo y, respirando trabajosamente, profirió roncamente: