—Sí, hija mía, sí. Es una cosa seria lo que tiene que decirte. Abre.

—Ni seria ni risueña: no quiero oír nada—repuso Presentación.—Que se vaya.

D.ª Carolina sonrió nuevamente y apretó la mano del violinista. Éste se hallaba consternado.

—Vamos, no seas terca. Abre, hija.

—¡Que se vaya! ¡que se vaya!—repitió la joven con más fuerza.

—Háblele usted por el agujero de la llave. No hay otro medio—dijo la esposa del fisiólogo empujando a Timoteo.

Éste bajó la cabeza y aplicó su boca húmeda a la cerradura.

—¡Presentacioncita! Yo soy un indigno gusano...

—¡Váyase usted! No quiero oírle.

—Pero la adoro a usted con toda mi alma. Es usted desde hace mucho tiempo la estrella confidente de mis amores, y adonde quiera que el destino me arrastre bien puede estar segura que eternamente será mi bandera, bajo la cual pelearé hasta derramar la última gota de mi sangre...