—Venía a que usted me dijese, si es que lo sabe, dónde vive actualmente su amigo Llot.

—¿Mi amigo Llot?

—O su enemigo. Es igual. Dónde vive es lo que me importa averiguar.

—Pues no lo sé, ni lo he sabido nunca.

—¡Nadie! ¡nadie!—exclamó el clérigo terciando el manteo y comenzando a dar vueltas por la habitación como un loco.—¡Nadie sabe dónde se esconde ese pillo!... Porque es un pillo, ¿sabe usted?—añadió encarándose con Timoteo ferozmente como si no esperase más que éste le contradijese para arrojarse sobre él.—¡Un granuja! ¡un miserable! ¡un estafador! ¡En cuanto le tropiece le piso la cara!

—¡No puede ser!—dijo Timoteo inundado de gozo.

—¿Que no puede ser?—chilló el cura abalanzándose a él y sujetándole por la solapa de la levita.—¿Cree usted que yo no soy capaz de pisarle la cara?

—No es eso. Lo que yo quería decir es que me extrañaba que un muchacho tan inocente, que parecía una palomita sin hiel...

—¡Una palomita!—exclamó D. Jeremías sonriendo sarcásticamente.—¡Una palomita!... ¡Un raposo!—profirió con grito horrísono.—Un raposo a quien hay que cortar las orejas, a quien hay que desollar vivo.

Y comenzó de nuevo a dar paseos agitados lanzando al mismo tiempo tremendas imprecaciones.