—Ha llegado a mis oídos, Sr. Costa, que es usted un escultor muy distinguido. Tengo verdadero placer en verle en esta casa, por donde tantos artistas eminentes han pasado y pasan todos los días.

Tan benévolas palabras, pronunciadas con extraordinaria calma y firmeza, produjeron en el auditorio emoción respetuosa. Todos los rostros se volvieron hacia Mario, felicitándole con la mirada por ser objeto de ellas. El escultor dio las gracias sin parecer tan sensible a la honra que se le dispensaba.

Después de algunos momentos de silencio D.ª Fredes volvió a tomar la palabra con idéntica calma y majestad.

—La escultura es un arte muy bella. Sé que los griegos la han cultivado con mucho lucimiento. Pero yo no puedo aprobar de ningún modo que presenten sus estatuas desnudas. Ésta es mi opinión y la he expresado ya en varias ocasiones, como alguno de los que me escuchan sabe perfectamente.

Hubo un murmullo de aprobación en el gabinete. El profesor de flauta apuntó tímidamente que, en efecto, él conocía la opinión de D.ª Fredesvinda hacía ya mucho tiempo. Ésta le dirigió una mirada grave y afectuosa.

Mario iba a contestar, pero ya D.ª Fredes, cumpliendo un deber de cortesía, había convertido la atención a otro asunto.

—Recareda—dijo volviéndose a una de sus hijas,—enseña el pañuelo de que hemos hablado el domingo pasado a tu amiga Marcela.

La hija, que era ya una mujer bien ajada, próxima a los cuarenta, se apresuró a cumplir la orden sacando de un estuche que descansaba sobre la chimenea un pañuelo de narices bordado. Elogiolo su amiga con entusiasmo; después lo hizo pasar de mano en mano, recibiendo de todos las mismas alabanzas. Cuando volvió de nuevo al estuche, doña Fredes dijo:

—Este pañuelo fue bordado por mi hermana Práxedes, que Dios haya. Cuando lo estrenó en un baile del Círculo de Cosecheros, llamó tanto la atención, que se supo en Palacio al día siguiente. La reina envió por él para verlo y quiso que se le hiciese otro igual. No fue posible. Ninguna bordadora de Madrid osó comprometerse a ello.

Las palabras de D.ª Fredes produjeron, como siempre, un efecto inmenso en la tertulia.