—¡Soy yo quien te llama, hijo!—profirió la señora irguiendo altivamente la cabeza.

Todavía tardó aquél en aparecer. Al fin se presentó y cruzó el gabinete tan confuso que bien se notaba que había visto a Mario, por más que afectase otra cosa.

—¿Qué tenías que hacer, hijo?—le preguntó la señora con acento altanero.

Moreno balbuceó una disculpa ininteligible. Doña Fredes le miró un buen espacio con fijeza y severidad. Al cabo dijo:

—Todavía no te he presentado a unos señores que han venido hoy por primera vez a esta casa, los señores de Costa... Mi hijo menor Adolfo—añadió presentándolo a Mario y Carlota.

—¡Ah! ¿Eres tú, Mario?... ¿Y usted, Carlota?—exclamó el joven antropólogo fingiendo sorpresa y con un semblante tan colorado que daba miedo.

Mario, reprimiendo a duras penas la risa, le saludó afectuosamente, y lo mismo su esposa.

—¿Conque se conocen ustedes?—preguntó la augusta señora.

—¡Muchísimo!—respondió el escultor—. Somos íntimos amigos hace bastante tiempo.

Doña Fredes dirigió una mirada de sorpresa a su hijo.