—Por ahí... por ahí...

Mario se alzó agitado y preguntó con anheló:

—¿Qué traje llevaba?

—Un trajecito azul de pantalón corto y con las piernas al aire.

—¿Y un sombrero claro?

—Sí, señor, y un sombrero blanco.

—¡Es mi hijo!—gritó, y echó a correr al telégrafo, donde se hallaba el delegado.

Éste, al escuchar la relación que trémulo y con palabra entrecortada le hizo, quedose pensativo, llamó al mozo y le interrogó de nuevo:

—Bien puede ser—dijo al fin—que ese cojo haya traído consigo una mujer y le haya entregado el niño para despistar. Telegrafiaremos este dato al alcalde, y mañana, en el primer tren, iremos a Arganda.

Mario se le puso delante con las manos cruzadas en actitud suplicante.