—¿Por qué me has atado, abuelito?—articuló al fin el niño.—Yo no hice nada. Llévame con mamá.

D. Pantaleón le miró fijamente. Por sus ojos pasó un relámpago de razón. Le trajo hacia sí, abrazole tiernamente y le besó con efusión repetidas veces. El niño, animado, repitió:

—Llévame con mamá. Me has hecho mucho daño, abuelito, con el cordel. Papá no me ata ni me encierra.

Aquel relámpago inteligente se desvaneció en los ojos del viejo. No quedó más que una triste expresión de extravío y ferocidad.

—Tu papá es un ser frívolo, un hombre desequilibrado que prefiere sentir a conocer, un hombre que se ha quedado atrás en la evolución. Yo no puedo consentir en mi familia un degenerado y le he de matar más tarde o más temprano con este cuchillo.

—¡No! ¡No mates a papá!—exclamó el chico aterrado, viendo a su abuelo blandir el arma con ademán sanguinario.

—¡Silencio!—profirió con voz ronca aquél.—La ley de la selección se cumplirá... Tú también morirás quizá, pobre niño, pero tu nombre vivirá eternamente unido al mío en los anales de la ciencia y en el agradecimiento de la humanidad.

Dicho esto con brusco ademán le puso de nuevo la mordaza, arrastrole hasta la trastera, le amarró otra vez y le dejó como antes estaba tendido sobre el felpudo.

Al día siguiente no le fue posible realizar el experimento. Se le encargaron tantas comisiones para coadyuvar al descubrimiento del chico, que sólo tuvo tiempo para subir dos o tres veces a desatarlo y a darle algún alimento. Además, tenía miedo de engendrar sospechas si se retiraba a su laboratorio por largo rato. Maravillaba la serenidad, la energía y la astucia que desplegó durante aquellas críticas circunstancias.

Nada se logró en todo el día del lunes ni en toda la noche. Las esperanzas de la familia se disipaban poco a poco. Todos se entregaban desfallecidos al dolor y gemían por los rincones de la casa menos la valiente Carlota, cuya actividad crecía a medida que las esperanzas mermaban. Acompañada del inspector y algunos guardias recorría incesantemente los parajes más apartados en pos de cualquiera vaga noticia, cruzando, como una Dolorosa, las calles en busca de su hijo.