La chula no apartaba del carruaje sus ojos con expresión tan fiera y despreciativa que fascinaban como los de una pantera.
—En efecto, debe de ser bien dominante—manifestó Carlota.
—¡Un cabo de vara!—repuso Rivera.—Lo que le hacía falta a ese cínico que se ha pasado la vida burlándose de todas las leyes divinas y humanas.
Llegaron por fin al manicomio. Carlota y Presentación se quedaron a la puerta, haciendo esfuerzos desesperados para ocultar su emoción. Los tres hombres subieron con el fisiólogo con pretexto de examinar también el curioso caso de atavismo. Recibioles el director cortésmente. D. Pantaleón se dejó conducir por él a otra estancia para conferenciar secretamente acerca de las anomalías orgánicas del ser que iba a mostrarle. Trascurrió media hora. Al cabo se presentó de nuevo el jefe.
—Ya está, arreglado el asunto. Pueden ustedes retirarse cuando gusten.
—¿Ha puesto alguna resistencia?—preguntó Rivera.
—Absolutamente ninguna. Queda tan sosegado esperando que mañana le he de enseñar el consabido individuo... Hoy no puede ser—añadió sonriendo;—se encuentra ya durmiendo.
Quedaron los tres silenciosos y tristes. Mario preguntó al fin tímidamente:
—¿Sería posible verlo sin que él nos viese, antes de irnos?
—No hay inconveniente. Se halla en el jardín en este momento... Pasen ustedes por aquí.