La noche llega. ¡Oh, quién pudiera vagar por las regiones del aire entre las brisas y los rayos de luz! El joven artista sintió una emoción intensa que enajenó su alma y la suspendió en un paraíso de inmortal claridad y alegría.
—¡Oh, quién fuese una de esas nubes de oro—pensó—para hender con mis alas el abismo azul, para flotar en el rosicler de la tarde y sacudir el fresco rocío sobre las flores dormidas! ¡Oh, quién pudiera huir sobre las olas del aire hasta el trono del sol y habitar el palacio de las noches sin nubes! Las espinas de la vida hieren mis carnes; el frío de la vida hiela mi corazón. ¡Glorioso sol, llévame contigo, llévame por encima de las montañas y las olas, sobre las verdes llanuras y las espumas del Océano; llévame lejos del triste sueño de la existencia, a reposar bajo tu pabellón tejido de estrellas! He visto a mi hijo inocente padecer horribles martirios. He visto a ese desgraciado que ahí queda infligírselos por un impulso fatal. Mi espíritu sangra y no comprende nada. ¡Glorioso sol, arrástrame contigo; condúceme al templo de la Verdad y la Bondad infinitas, a la morada de ese Poder en cuyo seno divino todas las contradicciones se resuelven, todos los dolores se apagan! Quiero ver desde esas puras estrellas que ocultas con tu presencia a esta mísera tierra encadenada a su feroz egoísmo, a su tristeza y oscuridad...
Un estremecimiento de anhelo sacudía, el cuerpo del escultor. Su faz parecía iluminada por una luz inmortal: sus nervios se dilataban por la emoción: en sus ojos extáticos, clavados en el cielo, temblaba una lágrima.
—¿Qué hace Mario allí parado?—preguntó Carlota volviendo la vista atrás.
Rivera se volvió también y, al observar la actitud contemplativa del artista y la extraña expresión mística de sus ojos, comprendió lo que pasaba en su alma.
—Déjalo—manifestó gravemente.—Tu marido quizá sepa en este momento dónde se halla el origen del pensamiento.
—¡No, por Dios!—exclamó la fiel esposa, asustada, corriendo hacia él.