—Buenas noches, Carlotita—dijo en aquel momento Timoteo, tratando de dar a su voz gangosa acento picaresco.—No se las he dado antes porque la veía a usted muy entretenida.
—Abre el paraguas, Carlota—dijo Presentación por lo bajo.
Pero no tan bajo que no llegase como un rumor a los oídos del joven. Éste, sin percibir las palabras, comprendió su tristísimo sentido y quedó avergonzado y confuso.
—Buenas noches, Presentacioncita—dijo entonces abriendo la boca desmesuradamente para sonreír.
—Buenas noches—respondió la joven sin volver la cabeza, mirando con fijeza al frente.
—Hoy la he visto a usted en un comercio de la calle de la Montera—profirió el artista abriendo la boca un poco más.
—Puede ser—repuso Presentación sin dejar de mirar al frente.
—Estaba usted comprando unas enaguas.
—¡Enaguas!—replicó la joven con el acento más despreciativo que pudo hallar.—¡Vamos, debe usted tener los ojos en el cogote para confundir enaguas con chambras!
Timoteo quedó anonadado. Apenas pudo murmurar algunas frases de excusa.