Una miradita a la puerta, otra a su regordeta vecina y un sorbo de café fueron las tres cosas que supo hacer para indemnizarse del desdén de su compañero. Y se propuso firmemente no volver a dirigirle la palabra. Pero a los cinco minutos sacó de nuevo el reloj y, sin acordarse de su propósito, preguntó:

—Adolfo, ¿sabes si D. Laureano está enfermo?

Adolfo hizo un leve movimiento de indiferencia con los hombros sin pronunciar palabra.

—Es que como ya son cerca de las diez menos cuarto...

Adolfo era realmente un hombre superior, como se verá en el curso de la presente historia. Hablaba poco, reía menos, y el espectáculo de las pasiones humanas no lograba turbar el vuelo elevado de sus pensamientos. Sin embargo, al cabo de un rato, observando la impaciencia de su amigo, traducida en vivos movimientos descompasados que hacían rechinar la silla y ponían en peligro inminente la botella del agua y las tazas de café, levantó los ojos hacia él, y una benévola sonrisa de compasión se esparció por su rostro reflexivo. Mario, que admiraba profundamente a Adolfo, se puso colorado e hizo esfuerzos colosales para estarse quieto.

—¡Al fin!—exclamó a los pocos instantes, viendo aparecer por la puerta a un caballero alto, de figura distinguida, vestido con exquisita elegancia.

Pero en vez de manifestarse alegre, como era de esperar, su fisonomía adquirió la misma expresión que si viera un fantasma.

D. Laureano, que, aunque viejo, conservaba en su rostro fino, expresivo, adornado con pequeño bigote, la mejor prueba de los numerosos triunfos sobre el sexo femenino que se le atribuían, acercose lentamente, con un cigarro puro en la boca, fijando su mirada en todas las mujeres que por allí había sentadas. Saludó alegremente a los jóvenes, con la misma libertad y franqueza que si fuera uno de ellos, dio un par de palmadas para llamar al mozo y dirigió unas cuantas sonrisas amicales a los parroquianos de las mesas inmediatas.

—Aquí tiene usted a Mario deshecho de impaciencia. Ya preguntaba si estaría usted enfermo—dijo Adolfo.

—¿Pues?... ¡Ah, sí!... No me acordaba que debo presentarle a su Julieta... ¡Oh! ¡La juventud!... ¡el amor!... ¡Qué pena para mí ver esas cosas ya de lejos!—añadió con un suspiro.