—Sí, sí—dijo galantemente,—y además está fría.
—¡Friísima!... Lo mismo me pasa siempre... Vaya, armémonos de valor. Voy antes a beber una copita de Jerez para criar fuerzas... Hasta luego, hijos míos, hasta luego y ¡buena suerte!
Todavía desde la puerta se volvió con semblante risueño, radiante de condescendencia.
—¡Cómo me late el corazón!—exclamó llevándose la mano al pecho.—¡Adiós! ¡Buena suerte!
A quien le latía hasta querer saltársele del pecho era al pobre Mario. No se atrevió a mirar a Carlota. Tampoco ésta volvió su rostro hacia él. Felizmente vino a sacarlos del apuro la bella Presentación. Entró seria, ceñuda y, sentándose cerca del balcón, exclamó con un suspiro:
—¡Ea! ¡Ya estoy en funciones!
Lo mismo Carlota que su novio no pudieron menos de sonreír. Trascurrieron algunos minutos en silencio.
—Pero vamos a ver—profirió después volviéndose airada hacia ellos,—¿cuándo me van ustedes a dejar en paz? ¿Se quieren ustedes casar pronto, empachosos?
—De eso se trata—respondió gravemente Mario.
Y como la joven le mirase sorprendida, su hermana añadió tímidamente: