—¡Es que yo deseo saber por qué me pega a mí ese tío gordo!
Al cabo estas preguntas peligrosas se fueron atenuando; se hicieron más raras y débiles. Poco después aquella sociedad bulliciosa volvía con ansia a los recreos inocentes.
No faltaron los brindis ni las improvisaciones poéticas, ni el joven que canta a la guitarra con poca afinación y mucha gracia unas coplitas picantes, ni la niña de seis u ocho años que en esta clase de solemnidades recita siempre, comiéndose la mitad de las sílabas, un monólogo de comedia. Don Dionisio Oliveros leyó un largo epitalamio en tercetos, que pudo escribir, según confesó, robando a duras penas algunos momentos a sus abrumadoras tareas poéticas, entre el tercero y el cuarto acto de un drama. Romadonga gozaba de todo paseando su mirada serena por los circunstantes, en particular por el sexo femenino, recorriendo los grupos y dejando en cada uno testimonios de su gracia y amabilidad. Al contrario de los jóvenes del comercio que gustaban de vocear, don Laureano lo hacía y lo decía todo con sordina. No se le sentía cuando profería suavemente alguna frase galante que conmovía y ruborizaba a las doncellitas o hacía soltar alegres carcajadas a las matronas. Placíanle, sobre todo, los apartes, las conferencias íntimas. A pesar de los años, sus ojos, a la vez desvergonzados y respetuosos, dulces y chispeantes, fascinaban a las damas. Todas se hacían lenguas de él y le pregonaban como uno de los hombres más agradables que hubiesen conocido en su vida.
Después de varias tentativas había logrado tener un aparte con la novia. Allá lejos, al pie de un árbol, charlaban los dos animadamente; él inclinando su gran torso para ponerse a la altura de ella, en actitud insinuante; ella risueña y tan roja como una amapola.
Miguel Rivera, que paseaba con Mario, había mirado dos o tres veces con inquietud hacia allá. Al fin, no pudiendo contenerse, exclamó:
—Mira, chico, haz el favor de llamar a tu mujer, porque ese bandido de Romadonga debe de estar diciéndole alguna desvergüenza.
Mario se apresuró a cumplir el encargo, con gran satisfacción de la pobre Carlota, que estaba en brasas. Don Laureano, sin darse por ofendido, se fue deslizando pian piano hacia otro grupo.
En este momento crítico de la jira campestre se efectuó en el Vivero de Migas Calientes un suceso insignificante en la apariencia, realmente de una trascendencia tan grande que sólo otros tiempos y otras generaciones podrán medir por completo su alcance. En la historia del género humano suele presentarse cuando menos se espera uno de esos fenómenos humildísimos que determinan por la fuerza portentosa y oculta que consigo traen cambios radicales, trastornos inmensos en la esfera científica y más tarde en la vida de los pueblos. Un día Newton, sentado a la sombra de un pomar, ve caer una manzana. La caída de aquella manzana le sugiere una idea. Se descubre la teoría de la gravitación. Otro día Watt ve hervir un puchero. Observa cómo la tapa se levanta. Medita sobre este hecho vulgarísimo. Se descubre la máquina de vapor. Otro, cae por casualidad en manos de Carlos Darwin el libro de Malthus sobre el principio de la población. La idea de la selección natural se presenta a su espíritu. El origen de las especies queda descubierto. De este orden es el hecho de que vamos a dar cuenta.
Acaeció que el Sr. Sánchez, huyendo el bullicio, que no se compadecía con su temperamento melancólico y reflexivo, se alejó de los amigos y se puso a vagar distraídamente por las calles de árboles. Acaeció al mismo tiempo que nuestro amigo Moreno, arrastrado por sus aficiones naturalistas, había seguido antes el mismo camino y se ocupaba en examinar algunas yerbas y flores con una lente de que siempre venía provisto para casos semejantes. En la confluencia de dos senderos al pie de una mata se encontraron. ¡Feliz encuentro que a la larga había de dar por resultado una de las más grandes conquistas del espíritu humano!
Moreno y Sánchez se saludaron cortésmente. Ni uno ni otro podían sospechar en aquel momento lo que tal saludo iba a representar en la historia del progreso humano. Cambiadas algunas palabras indiferentes, Sánchez se quiso enterar de lo que Moreno hacía. Éste, cuya ciencia estaba siempre al servicio de los amigos y hasta de los que no lo eran, le mostró la rama que tenía en la mano; le hizo ver con la lente la textura de las hojas y del tallo, el tejido delicadísimo de sus fibras, la complejidad maravillosa de su organización. Y una vez en el camino didáctico no quiso abandonarlo sin dar a D. Pantaleón un curso de botánica: un curso peripatético. Con las manos a la espalda, deteniéndose a cada instante para comprobar prácticamente su enseñanza teórica, Moreno le inició paseando en los secretos del mundo vegetal.