—Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay tal disgusto matrimonial—dijo resueltamente Mario.
—Me alegro, me alegro muchísimo. Ojalá no haya entre ustedes jamás motivo de discordia—repuso Matusalem con amabilidad.
Pero en su afable sonrisa se advertía un leve matiz de duda, algo que decía: «Si no han venido aún las reyertas, vendrán, querido, no lo dude usted.»
—Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden más inferior y más soportable. Acabo de saber que he quedado cesante.
Romadonga se mostró sorprendido. Después procuró poner la cara triste adaptándose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.
—¡Bah! Yo creo que eso se arreglará. No se apure usted. Su papá tenía muy buenas relaciones. En cuanto los amigos se enteren, será usted repuesto. ¿Y no ha habido razón alguna para esa cesantía? ¿Ha tenido usted algún choque con los jefes?
Mario confesó avergonzado que desde hacía algún tiempo no asistía a la oficina con la asiduidad que antes.
—...Qué quiere usted, me ha vuelto otra vez la manía de modelar en barro. Cuando tengo entre manos alguna figura que me interesa no me acuerdo de nada. Comprendo que hago mal, ¡pero se pasan tan buenos ratos!
Romadonga le miró risueño, embelesado, con su acostumbrada benevolencia para todas las locuras.
—¡Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso de perder un empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted se arruinara por mujeres de carne y hueso... pero por muchachas de barro o de mármol, eso, francamente, excede para mí los límites de lo comprensible.