—Por supuesto—añadió con un guiño malicioso—que tiene a quien parecerse; porque usted, señor Ángel, que ordinariamente es una malva, ¡tiene un modo de dispararse!

El sillero levantó el brazo y bajó la cabeza, manifestando con mímica expresiva que de aquello no había que acordarse.

—No, no lo traigo a cuento en son de queja. Únicamente quiero significar que a Concha su genio le viene de herencia, y que por lo tanto hay que perdonárselo... De todos modos, es una chica que se hace querer, porque inmediatamente se ve que no hay allí doblez, que no hay engaño...

—¡Eso no!—exclamó el sillero atacado de súbita vanidad.—En nuestra familia nunca se ha engañado a nadie. Podremos, si a mano viene, dar un golpe desgraciado o una cuchillada en un pronto, pero ha de ser por delante. Hacer traición, ¡jamás!

No quedó muy satisfecho el viejo galanteador de estas cualidades nativas de la familia. Casi casi, al golpe desgraciado o a la cuchillada francos y nobles prefería la traición rastrera si no venía acompañada de violencia en las personas.

—Perfectamente; tiene usted razón; pero los prontos hay que refrenarlos, si no, ¡dónde vamos a parar!... Dejemos esto y vamos al caso. Yo me he encariñado con su hija hasta el punto de que nada me agrada ya en el mundo sin su compañía. No lo digo porque sea usted su padre, pero no he hallado en ninguna parte una muchacha más hermosa, más sencilla y al mismo tiempo mejor educada...

—¡Eso sí! ¡Bien criada sí! En ese punto ni su madre ni yo nos hemos descuidado. Cada pie de paliza la hemos dado, que algunas veces se iba a la cama y no podía levantarse en cuatro días. ¡No la hemos dejado pasar una!... Ahí está ella que no me dejará mentir.

—La prueba mejor de que tiene buen natural y que sus instintos son finos y distinguidos es que, en vez de enamorarse de cualquier pilluelo de su edad, ha preferido un hombre maduro como yo, educado en una esfera más elevada que la suya. Su falta tiene, pues, origen en las cualidades más admirables de su corazón. Yo creo que, en vez de sentirse avergonzado por ello, debiera usted estar satisfecho de tener una hija de aspiraciones tan nobles y delicadas... Bueno; ya está consumada la falta. ¿Y qué vamos a hacer ahora?... Pues ahora no nos toca más que procurar remediar en lo posible las malas consecuencias que pueda traer consigo.

El señor Ángel se puso muy grave, bajó la vista y mostró señales de inquietud.

—Mozo, echa otra copita al señor... Lo primero que salta a la vista es que su hija de usted y yo no podemos ni debemos separarnos. Nuestros corazones se hallan tan compenetrados, que sería una verdadera crueldad por parte de usted o de cualquiera otra persona tratar de romper el lazo que nos une...