—Que no depende más que de una mayor cantidad de cloruro de potasa en el cerebro.

—Pero, hombre, ¿qué jerigonza es la que estás hablando?

—Para entenderlo es necesario que sepas que todas nuestras ideas y sentimientos dependen exclusivamente de los alimentos que ingerimos en el estómago. La albúmina...

—Mira, Pantaleón, déjame en paz, que quiero dormir. ¿Qué te importan a ti esas cosas? Bien se conoce que estás ocioso. Por ningún motivo nos ha convenido dejar la tienda.

—Únicamente te quería decir que la albúmina y la fibrina...

—¡Pues yo te digo que no quiero oír sandeces, ea!... Buenas noches.

Y se volvió del otro lado. D. Pantaleón suspiró hondamente y se volvió también para dormir.

Pero a los pocos días, lleno de celo científico y de buena fe, dijo otra vez a su esposa:

—Carolina, la otra noche estaba equivocado y te dije una falsedad.

—¿Qué falsedad?—preguntó la buena señora sorprendida.