Pero la grave cuestión era que Carlota no podía irse con él a la ventura. Se hallaba ya bastante adelantada en su embarazo, y mientras no tuviera casa era expuesto llevársela. D.ª Carolina se mostró magnánima. Carlota se quedaría con sus padres hasta que Mario hallase un medio de vivir. Éste le dio las gracias con acento sincero. Desde aquel punto doña Carolina se hizo de miel, le agasajó cuanto pudo, le auguró un bello porvenir, haciendo visibles esfuerzos para borrar la mala impresión que sus palabras habían causado. Mario se retiró al fin grave y tranquilo.
Al llegar Carlota adivinó a la primera mirada su disgusto.
—¿Qué te ha pasado?
—Nada... he tenido una conversación algo seria con tu madre. Me ha dicho—añadió sonriendo tristemente y tomándole las manos—que tu papá no puede sostenerme más tiempo en su casa...
Carlota se puso blanca como un papel.
—¿Ha dicho eso de veras?
—Sí; a mí no me sorprende; creo que lleva razón. Ya ves, parece feo un hombre sin trabajar, comiendo la sopa boba... Así que me voy desde luego... Pero no te apures, que yo encontraré ocupación; todo se arreglará.
Al proferir estas palabras sonreía con esfuerzo, apretando las dos manos a su esposa. Ésta permaneció muda y pálida mirando con insistencia por encima de su cabeza a un punto fijo. Al fin sus ojos grandes, serenos, se nublaron de lágrimas y dijo sin que los rasgos de su fisonomía se alterasen poco ni mucho:
—Está bien; me voy contigo.
—¡No!—exclamó Mario aterrado.—¿Dónde quieres ir?