—¡Oh, qué orgullosita!—exclamó él pellizcándola.—¿Y por qué, si yo no me doy por ofendido?
—Porque yo no quiero, y basta—replicó ella con firmeza.
Mario se había acostumbrado a obedecerla y no le iba mal. Así que no insistió.
La noche se echaba encima y bajaron despacio por la calle de Alcalá. Al pasar por delante de un restaurant, Mario tuvo una inspiración.
—¡Si entrásemos aquí a comer!
Carlota se opuso. No estaban ellos para gastar el dinero tontamente. Y siguieron caminando hacia casa. Pero Mario se había quedado silencioso y melancólico. Unos pasos antes de llegar Carlota se volvió hacia él con semblante risueño.
—¿Qué? ¿Estás triste porque no comemos juntos?
Mario sonrió avergonzado.
—Bien, pues volvámonos. Pero nada más que hoy, ¿sabes?
La alegría entró de nuevo como un torrente en el alma de nuestro joven. Volvieron sobre sus pasos, entraron en el restaurant y pidieron un gabinete.