—¿Esa joven es la del café?

—Me parece que sí. ¡No obstante, como ese hombre trae tantos líos!...

El mismo D. Laureano, entrando repentinamente en el gabinete, vino a sacarlos de dudas.

—¿Conque tenemos juerga conyugal, eh? ¡Bien por los esposos!... También yo vengo a gozar honestamente como un burgués tranquilo... Mi Conchita cumple hoy diez y ocho años, ¿sabéis? y me dijo: «Convídame a comer en la fonda» (para Concha, comer fuera de casa es comer en la fonda). Yo le contesté: «Sí, hija de mi alma, te llevaré a la fonda y beberás champagne.» El champagne es para Concha algo elevado, de un orden sobrenatural, inaccesible a todo el mundo excepto al patriarca de las Indias, a los ministros y al capitán general.

—¿Dónde la ha dejado usted?

—Ahí, en un gabinete. Carlota, no me mire usted con severidad. Yo no tengo más que un defecto. Soy aficionado a pasarlo bien en este pícaro mundo. ¿Y quién no lo es? ¿Quién, pudiendo divertirse, opta por estar aburrido?

—¡No, si yo no le recrimino a usted ni con los ojos ni de palabra!—exclamó la joven sonriendo.—Lo único que me atreveré a decirle es que valdría más que usted se divirtiera con placeres lícitos.

—No lo crea usted. Yo no he podido gozar jamás los placeres lícitos. Me aburren. Soy una naturaleza móvil y subversiva. Necesito saber que soy independiente en todos los momentos de la existencia. La idea de que el goce que disfruto es un goce impuesto le quita todo su encanto... Pero perdone usted, Carlota, yo no sé si debo...

—Siga usted, siga usted; no me escandalizo.

—El matrimonio no ha tenido nunca para mí color. Y ya sabe usted que yo soy excesivamente colorista. Considero esto como una desgracia, pero si he nacido así, ¿qué culpa tengo? ¿Por qué disfrutar de una sola obra hermosa de Dios, me he dicho, cuando en el mundo existen tantas y tan preciosas? ¿Hay nada más agradable que repetir la luna de miel, ese feliz estado en que ustedes se encuentran ahora, una y otra vez? Crea usted que aquellos versos de Musset