—¡Preciosa criatura!—añadió como hablando consigo mismo.—¡Qué ojos! ¡qué tez de nácar! ¡qué dentadura!... Las formas superiores. Debe de ser muy joven... Lo más que tendrá serán veinte años.
—Atiende, Concha—dijo entonces el mozo en voz alta dirigiéndose a la chula.—¿Cuántos años tienes?
—¿Qué te importa?—replicó la joven.
—A mí nada... pero este señor...
—Le importa menos.
—Eso no lo sabe usted—dijo D. Laureano en voz alta también.
—Por sabido.
—Acaba de echarte veinte años—dijo Remigio.
—Es que no me ha reparado bien.
—¿Tiene usted más?—preguntó D. Laureano.