Y su grito era cada vez más alto y desgarrador.
—Ya me verás... No te asustes—repuso el joven, a cuyos ojos acudieron las lágrimas.
Al mismo tiempo hizo un signo interrogativo al médico. Éste respondió sacudiendo la cabeza con expresión de duda.
Un ayudante preparaba hilas. La criada iba y venía atortolada. D.ª Carolina sollozaba en un rincón. Sólo Carlota tenía ánimo para sostener a su hermana y mirar sin pestañear las horribles quemaduras. Su honda emoción no se leía más que en la blancura de cera de su tez.
La desdichada Presentación no cesaba de exhalar quejas a las cuales añadía frases desesperadas que desgarraban el alma.
—¡Dios mío, qué pronto se ha concluido el mundo para mí!... ¡Quién había de pensar hace un instante que no os volvería a ver más! Decidme, mamá, Carlota, Mario, ¿he sido tan mala que merezca este horrible castigo?
—Calla, calla, Presentación—decía suavemente su hermana.—Es más el susto que el daño. Dentro de ocho días no tienes nada.
Cuando terminaba la cura, Mario preguntó a su esposa en voz baja:
—¿Y tu padre, dónde está?
No lo dijo tan bajo que no llegara a los oídos de D.ª Carolina.