—Señor cura, por Dios me dispense, me es imposible...
—¡Quieto! ¡quieto! que este mundo acá ha de quedar... y lo que le voy á dar no es un veneno... De aquí no sale sin haber hecho algún gasto al cura de la Segada... Porque, lo que es á terco, no me gana usted á mí, señorito.
El cura se dirigió al decir esto á la puerta, dió la vuelta á la llave y se la guardó en el bolsillo. Después tornó á la alacena y fué sacando con calma y poniendo sobre la mesa un gran pedazo de salchichón, dos bollos de pan y una botella de vino. Octavio le dejó hacer, mirando todo aquel aparato con ojos resignados. Comprendió que el cura no escucharía una palabra si antes no tomaba algo.
—¡Ajá! ya están arreglados los bártulos... Lo mejor que puede hacer ahora... créame á mí... es meter algo en el cuerpo. El tiempo que se gasta en comer, no se pierde. Los viejos hemos aprendido estas cosas al cabo de muchos años, y ustedes los jóvenes las aprenderán también... es verdad... El salchichón vino directamente de la fábrica. Tengo yo en Vich un primo hermano establecido, que todos los años se acuerda de mandarme una buena provisión. El pan está amasado y cocido en casa... Coma, pues, sin escrúpulo, que luego hablaremos.
Nuestro joven empezó á morder con manifiesta repugnancia un pedacito de salchichón que tenía entre los dedos.
—Vaya, vaya, vaaaaya con el señorito Octavio... ¿Y qué vientos corren por la villa, señorito? Nosotros, los curas de aldea, no sabemos nada de lo que pasa en el mundo hasta que llega el día del mercado.
—Pues lo mismo de siempre, señor cura: nada ocurre de particular.
—¿Qué se sabe de la separación del promotor fiscal?
—No tenía noticias hasta ahora de que...
—Hombre, hombre... ¿Viene usted de la villa y no sabe que el gobernador pidió al Gobierno la separación del fiscal? Al parecer es cuestión de elecciones...