—¿Cómo quiere usted que siga un cura en estos tiempos, señorito? Tirando... tirando por este cuerpo pecador... ¡Válate Dios por el señorito Octavio!... ¡Válate Dios!...

La risa persistente y las miradas del clérigo no despertaban en el joven una alegría muy íntima, aunque otra cosa quisiera aparentar.

—Vaya, vaya, vaya... lo que es ahora, señor conde, no se nos escapa usted tan pronto. Los madrileños se quedarán chupando el dedo por una temporada... ¿no es verdad, señora condesa?... ¿Dónde mejor que entre los suyos, señores?...

Y daba palmaditas afectuosas en la rodilla del conde, que le obligó á ponerse el sombrero.

—¿Y qué tal, qué ocurre por la parroquia, señor cura?

—Pero, hombre de Dios, ¿qué quiere usted que pase en este miserable rincón? Déjese de miserias y cuéntenos algo de aquel Madrid, de aquel Madriiid... ¡Ay, qué Madrid de mis pecados! De allí á la gloria, señor conde. ¡Cuánto señorío!... ¡cuánto coche!... En los días que estuve allá con el chico no paré en casa un momento. Andaba por las calles con la boca abierta y no me cansaba de mirar para aquellos palacios tan magníficos y para aquellos señorotes que pasaban en coche con mucho ceño... Esto no es para nosotros, querido, le decía al chico... Vámonos, vámonos cada uno á nuestro rincón... Yo soy un pobre cura... tú un pobre estudiante... ¿Qué tenemos nosotros que partir con estas grandezas?...

—Vamos, señor cura, que no es precisamente entre el ruido donde más se divierte uno, y bien se quejaba usted de aquella bulla continua.

—Pero ¿quién se compara conmigo, señor conde? Yo soy un pobre cura que está más allá que acá. Yo no toco pito en ninguna parte más que en mi sacristía. Si hay todavía algunas personas como usted, señor conde, que me aprecian de veras, allá se las hayan... yo me lavo las manos. Me acuerdo de aquella tarde en que me dejó usted solo en su carruaje y ordenó al cochero que me llevase á un sitio que llaman la Castellana... ¡Santo Cristo del Amparo!... Señores, aquél era un cruzar de coches á un lado y á otro, lo mismo, lo mismo que cuando se tropieza con un hormiguero en la tierra... Aquellos señorotes y señorotas que iban muy arrellanados me miraban y se reían... Dirían, sin duda: ¿qué diablos vendrá á hacer aquí este pobre cura de aldea?... ¿Y á mí qué? Tenían mucha razón... Desengáñese usted, señor conde, los curas vamos de capa caída... caiiida... caiiida...

—Pues á pesar de todo, señor cura, le aseguro que me va fastidiando cada día mas la farsa y la frivolidad de la capital. No puedo soportar á tanto necio, á tanto advenedizo, á tanto sapo hinchado como ahora ha subido á la superficie al son del himno de Riego...

—Porque usted, señor conde, es muy raro, muy raro, muy raro... Siempre lo ha sido... siempre lo ha sido... ¿Á que no le pasa otro tanto al señorito Octavio? ¿no es verdad, señorito?... ¡Cuánto más vale aquel Madrid tan hermoso, tan suntuoso, que esta miserable aldea!