Mientras proseguía embebecido en esta fructuosa tarea, el cura de la Segada apartóse un momento de la conversación y le clavó los ojos con expresión reflexiva. Después, volviéndose al conde con la misma voz de falsete, le dijo:

—La única persona que cuenta en este país con bastantes fuerzas para ganar unas elecciones es D. Baltasar Rodríguez. El enemigo temible es ése, y no los que indicó D. Primitivo. Créame usted, señor conde... créame usted...

—Es lo que yo tenía entendido antes de venir—repuso el conde.—Al parecer es hombre acaudalado y goza de simpatías en la población...

—No cabe duda, no cabe duda.

El cura volvió á mirar á Octavio, sonriendo esta vez maliciosamente, y prosiguió:

—Don Baltasar es una buena persona... todo un caballero... muy cumplido en sus tratos... ¡y un padrazo, señor conde, un padrazo!...

El conde alzó la cabeza y dirigió una larga mirada á Octavio. Los demás interlocutores también volvieron hacia él la vista.

—Señores,—dijo el conde levantándose,—es lástima que estemos encerrados en casa en un día tan hermoso. Vamos á dar una vuelta por la pomarada. Tengo ya deseos de pisar hierba y verme debajo de los árboles.

Los circunstantes se levantaron. La condesa apareció en aquel momento por la puerta del gabinete. Octavio quiso aprovechar la ocasión, que le pareció de perlas, para despedirse y dió algunos pasos hacia ella con la mano extendida.

—Condesa, á los pies de usted... He tenido mucho gusto en ver á ustedes tan buenos y...